Mégo Terzian

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El Dr. Mégo Terzian, presidente de Medicines san Frontières (Médicos sin Fronteras) en Francia, ha trabajado con la organización médica ganadora del Premio Nobel de la Paz durante más de 15 años. Haberse criado durante la guerra civil en El Líbano hizo que se cimentara su profunda dedicación a brindar atención sanitaria a algunas de las regiones del mundo más castigadas por la guerra.
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El Dr. Mégo Terzian, presidente de Medicines san Frontières (Médicos sin Fronteras) en Francia, ha trabajado con la organización médica ganadora del Premio Nobel de la Paz durante más de 15 años. Haberse criado durante la guerra civil en El Líbano hizo que se cimentara su profunda dedicación a brindar atención sanitaria a algunas de las regiones del mundo más castigadas por la guerra.
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Mguerditch Terzian, o Mégo, como él se llama a sí mismo, recibe a sus invitados en su pequeña oficina del segundo piso de Médecins sans Frontières (MSF), una organización humanitaria multinacional, y lo hace con humildad. Su francés es melódico y, a pesar de que su acento es libanés, está matizado con el sonido de todos los lugares en los que ha trabajado durante su carrera en MSF, de África hasta Asia. Desde 2013 Mégo ha estado al frente de la división francesa de esta ONG, que reúne aproximadamente 32.000 miembros entre su personal en más de 62 países. Él es nieto de sobrevivientes del Genocidio Armenio, pero no siente la necesidad de ostentar sus orígenes para sentirse armenio.

 

Violencia sin fin

Mégo lleva el nombre de su abuelo paterno, Mguerditch. El apellido de la familia, Terzian, es de Turquía y significa “modisto”, el oficio de sastrería de medida que sus antepasados habían emprendido en Adana, la metrópolis de Cilicia, inmediatamente al sur de Turquía. “Mi abuelo vendía sedas y era rico, tenía socios desde El Líbano a la India. De hecho, antes del Genocidio, mi padre, que era solo un bebé, se trasladó allí con él”, recuerda.

La familia Terzian de Adana era dueña de grandes extensiones de tierra, granjas y caballos. Pudieron escapar del Genocidio viajando al Líbano vía Siria gracias a las conexiones del abuelo de Mégo en Beirut. Durante cuatro generaciones, la familia vivió bajo el mismo techo en el barrio Gemmayze, cerca del centro de la ciudad. “Mi padre era costurero, la misma profesión que su padre”, cuenta Mégo. “Tenía un negocio de tres pisos de alto en el centro de Beirut, Bchara al Khoury Street. Luego llegó la Guerra civil, que se desató en 1975 y perdió todo, su negocio estaba justo en el frente de batalla”.

Recuerda haber salido a caminar con su perro hasta las ruinas del negocio de su padre en 1978, cuando Mégo tenía ocho años de edad.  “Quería reconstruirlo a toda costa, pero unos pocos meses después, comenzó la guerra nuevamente y una vez más destruyó sus planes”, dice Mégo. “Se desesperó: fallaron todos sus intentos por recomponer sus cosas. Mi madre, quien normalmente no trabajaba, comenzó a dar clases en la escuela judía en Achrafieh, un distrito en la región este de Beirut, donde íbamos a la escuela y cuyo director, el Padre Sahag, era armenio”.

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Primera Comuniión de Mégo en Beirut en los '70 - rodeado por sus padres y hermanos.

 

De parte de su madre, la familia de Mégo proviene del sandjak (distrito) de Alejandreta, un área en la costa siria anexada por Turquía en 1939 con la ayuda de Francia. Sus abuelos, como la mayoría de los armenios del sandjak, huyeron a Siria y se establecieron en Damasco, donde el abuelo materno de Mégo, Garabed Sumundjian empezó a trabajar de cocinero.

 

Las bombas definen las elecciones de una carrera

Los bombardeos de la Guerra Civil Libanesa dejaron una impresión duradera en Mégo y terminaron resonando a lo largo de toda su carrera con MSF. Mégo, su hermana Maral y hermano Ara pasaron sus años escolares cerca de la línea de demarcación, donde soportaban bombardeos prácticamente todas las noches. Tuvieron que irse de Beirut varias veces en medio del invierno para hallar refugio en las montañas, donde la familia alquilaba una casa de descanso en el verano. “Jugábamos al fútbol en un pequeño terreno en frente de un edificio grande (la torre Burdj el Murr) desde donde un francotirador solía tirar para asustarnos. Nos escondíamos, reíamos y seguíamos jugando. Pero un día lanzó una bomba y uno de nuestras amigas, una nena muy bonita, resultó herida y perdió un ojo”, recuerda Terzian resignado.

 

“Pertenezco a una generación que vio la guerra muy de cerca”.

 

El mayor de tres hermanos, Mégo se inscribió para estudiar en la facultad de medicina de la Universidad Libanesa. A fines de la década de 1980, una gran parte del Líbano se encontraba bajo ocupación siria y la voz del general libanés Michel Aoun, convocando a una guerra de liberación, llamó la atención de Terzian. 

La batalla comenzó en 1989 y rápidamente se tornó en beneficio de Siria. Los padres de Terzian temían que su hijo fuera arrestado y decidieron enviarlo a la Universidad de Ereván para culminar sus estudios. En aquel momento, Armenia se encontraba todavía bajo dominio soviético pero estaba en una transición que llevaría al país a la independencia dos años más tarde. “Lo viví desde adentro todo este período; puedo recordar los años oscuros, la falta de electricidad, el frío”, comenta.

A pesar de que no estaba activo en el movimiento Karabaj, Terzian tenía algunos pocos amigos armenios del Líbano, compañeros de escuela, quienes partieron al frente para luchar contra los azeríes. “Cuando mis amigos retornaron del frente para descansar, nos reunimos y discutimos la situación en Karabakh”, recuerda.

Luego llegó el año 1994. En mayo, se firmó un cese del fuego entre los armenios y azeríes. Terzian estaba en el cuarto año de los estudios de medicina y un médico francés de MSF le pidió que se sumara a las misiones de traducción para ir a Karabakh. Tomó la oportunidad. “Con mi pasaporte libanés, era difícil ir a Karabakh, entonces aproveché esta misión humanitaria para visitar la región. Traduje las guías de protocolo médico para los médicos de Karabakh; distribuimos una gran cantidad de medicamentos y explicamos su uso, pero nunca tantos como los que había. Si miro hacia atrás, me doy cuenta de cuánto han evolucionado nuestros métodos de trabajo desde entonces”.

 

Terzian nostálgicamente recuerda los días que pasó en pueblos remotos de Karabakh, cuando la lucha recién había finalizado. “En la mañana, visitábamos a los lugareños desde las 9 y nos quedábamos todo el día; había café, coñac, brindis de bienvenida; un detrás del otro”.
 

Mégo finalmente se casó con una mujer de origen armenio, de Ereván y obtuvo el título de pediatra. Trabajó como médico en un hospital pediátrico en Arech, cerca de Erebuní, en las afueras de Ereván. Al mismo tiempo, practicaba la medicina en una institución que brindaba atención a los niños de la calle. “Las condiciones eran horribles. Gracias a MSF pudimos facilitar ayuda social y permitirles a esos niños reintegrarse a la sociedad”, comenta. 

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                                                 Durante una operación en Afganistán.

 

Sin esperanzas, dedicado a una causa

La tendencia que tenía Mégo de pagar con su propio dinero los medicamentos que las madres necesitadas no podían comprar hizo que discutiera con su supervisor en el hospital. Estaban a punto de despedirlo cuando un miembro del staff de MSF le ofreció ir en una misión a Sierra Leona. “Pensé que me iría sólo por unos pocos meses hasta que cesara la tensión”, recuerda.

 

En este país de África Occidental devastado por la guerra civil, trabajó día y noche salvando vidas. El trabajo humanitario de hecho significaba un llamado certero.

 

Su real bautismo de fuego se produjo en su segunda misión, en una región remota del norte de Afganistán, lindante con Tayikistán. Esa misión duró ocho meses y era el único proveniente del mundo occidental. Solo, se las arregló para cruzar la selva manejando un vehículo todo terreno. “No estaba cómodo con él, por lo tanto cambié mi cuatro x cuatro por un caballo y viví como en la Edad Media”, recuerda.

Luego de retornar brevemente a Ereván, asumió una misión de emergencia tras otra : zonas de guerra, zonas de catástrofe, de crisis de alimentos, esa era la rutina diaria en la República Democrática del Congo. Estuvo a cargo del servicio pediátrico en la selva, luego fue a Nigeria, Liberia, Costa de Marfil, Pakistán e Irán. 

Incansable y pragmático, este políglota libanés de origen armenio es muy adaptable. En 2010 asumió la dirección del servicio de emergencia en MSF, un puesto clave en el que continúa impresionando a sus superiores con el coraje y capacidad para llevar adelante las misiones de manera exitosa. De hecho, fue Terzian quien abrió hospitales clandestinos en Siria cuando irrumpió la guerra por primera vez. “Soy diferente de un montón de armenios que son nacionalistas y patriotas, pero eso no significa que no esté interesado en Armenia y que no esté orgulloso de mis orígenes”, dice.

 

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                                                                    Mégo Terzian

 

El tema del actual éxodo masivo de refugiados sirios a Europa toca las fibras más íntimas. “Siento enojo e incomprensión. Y reflexiono: ‘Es bueno que mi padre que falleció no los haya visto; ¡él que idealizó Francia!’. No puedo comprender por qué estos mismos franceses que salvaron a mis antepasados en Mussa Dagh hace cien años se comportan de este modo en la actualidad”.  

Sin embargo, es meritorio cómo Mégo se las arregla para seguir siendo objetivo cuando hablamos de su trabajo. “Con el tiempo, nuestra organización ha pasado a ser muy profesional y la calidad de la atención está modelada por estándares europeos. Realizamos cirugías específicas en cualquier lugar que intervenimos. He visto a MSF expandirse, especialmente nuestra sección, MSF Francia, que siempre está un paso adelante y ya llegó a ser internacional. Prueba de esto es que por primera vez, han elegido a una persona no francesa como presidente”. 

Aunque valiente, Mégo Terzian es discreto por naturaleza y no se diría de él que busque el honor y la gloria. Cree que su misión permanente en la sede de MSF está alimentada por la lealtad. De manera modesta argumenta estar “aprendiendo su profesión todos los días”, pero ya se ha dado cuenta de la importancia de acompañar a su personal en todas y cada una de sus misiones. A pesar de que puede no saberlo, de manera singular representa esa mejor parte de la humanidad que ha permanecido escondida en las personas en todo el mundo durante mucho tiempo.

 

La historia fue verificada por el Equipo de Investigación de 100 LIVES.

Subtitle: 
El armenio sin fronteras
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